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jueves, 7 de noviembre de 2013

El sótano del primo Barto: Al otro lado de la página


Desgraciadamente has perdido el tren de la tarde y el próximo no sale hasta la mañana siguiente. Por suerte un trabajador de la estación te dice que puedes coger el autobús, aunque normalmente no lo coge nadie, pasa por un pueblo de mala fama. Un pueblo donde se rumorea que la gente adora al diablo y realiza siniestros sacrificios. Pero claro, el ferroviario te dice que él no se cree nada de esas historias de viejas y tú no tomas mejor decisión que tomar el autobús, es más, incluso planeas hacer una leve parada turística en ese pintoresco pueblo. Esta es básicamente la génesis de La sombra sobre Innsmouth, uno de los relatos más conocidos de Howard Philips Lovecraft y uno de los seleccionados por el autor holandés Erik Kriek para su antología en cómic Desde el más allá y otras historias, compuesta por cuentos del autor de Nueva Inglaterra. Una historia tan genial como el trabajo de adaptación que hace Erik Kriek.

Parecería que poco más se puede decir de Lovecraft y su obra de lo que ya hemos comentado por aquí, donde los mitos de Cthulhu han surgido una y otra vez desde las más diversas perspectivas, desde la adaptación más fiel (Reanimator) hasta la locura más pulp (The Hammer), sin olvidar la parodia (El joven Lovecraft) o la puesta al día de su obra (Neonomicon) . Por un motivo u otro, son cientos los autores que se han acercado sin poder evitarlo a este autor, tanto en el cómic como en cualquier medio, como es el cine, los videojuegos o los juegos de rol, y no limitándose a pequeñas incursiones, sino a ser un pilar vivo del medio, casi un género en si mismo que además de adorar a los clásicos se va nutriendo continuamente de savia nueva. Casi se podría decir que cualquier autor atraído por el horror cósmico o la ciencia-ficción oscura tarde o temprano termina incluyendo en su obra retazos de los mitos de Cthulhu, ya sea mediante la adaptación más fiel, dando su propia visión sobre esta cosmogonía oscura o simplemente entreteniéndose añadiendo un pequeño guiño aquí o allí, sólo por su devoción como fan.

Pero por lo que opta Erik Kriek en su antología, publicada en España por La Cúpula, es por la adaptación más directa de varios relatos de Lovecraft: El intruso, El color que cayó del espacio, Dagón, Desde el más allá y La sombra sobre Innsmouth. Aunque la lectura de la antología nos deja otro gusto, pues a pesar del respeto que perfilan las páginas de Erik Kriek por Lovecraft, no podemos evitar encontrar la autoría del holandés, que sin querer o queriendo forma una pequeña mixtura que sin duda sienta de la mejor forma posible al resultado final. El buen autor no puede evitar dejar su propia huella en su trabajo, algo que hace que un cuento de Lovecraft adaptado por Erik Kriek no sea igual a uno que ha sufrido el mismo proceso por otro autor, como es el caso del conocido Richard Corben, quizás el autor más conocido que ha trasladado a Lovecraft al cómic. Aunque es cierto que se podrían encontrar semejanzas entre el dibujo de Corben y Kriek, lo cierto es que el segundo tiene un trazo más amable que por momentos puede recordarnos al cartoon más clásico, e incluso infantil, algo que no desmerece para nada el resultado final, sin restarle tensión.

Aunque lo que sí cambia con el trabajo de Erik Kriek en Desde el más allá y otras historias es el tono de las aventuras de Lovecraft, que abandonan un poco su sentido marmoreo para dar más espacio a la acción y al héroe. No nos engañemos, los protagonistas de Erik Kriek están igual de condenados que los de Lovecraft, aunque su lucha es más enérgica, más salvaje y decidida, lo que unido al dibujo de su autor nos dan exactamente las mismas aventuras pero con una sensación algo diferente, no mejor ni peor que la lectura original, sino la visión propia de un autor que como muchos de pequeño quedó atrapado en Arkham y ahora nos transmite esas aventuras de juventud. 


@bartofg

jueves, 24 de octubre de 2013

El sótano del primo Barto: El fin del mundo que no termina de llegar


El apocalipsis es una obsesión contínua de nuestro tiempo, hasta el punto de que parece no ya que temamos la llegada del fin de los días, sino que lo esperamos con una ansiedad más propia de un fan adolescente. Cada vez que se acerca una fecha más o menos señalada en el calendario como una posibilidad de que todo se vaya al traste, ya sea el fin del segundo milenio, que mezclaba la simbología cristiana con un caos tecnológico; o el más reciente apocalipsis maya, con diciembre del 2012 bien marcado en el calendario; la sociedad parece contener la respiración, cruzando los dedos y susurrando para sí, ésta vez si es la buena. Pero como es lógico, pasa un día más y el mundo sigue igual de asquerosamente moribundo, pachucho para algunos y con los dos pies en la tumba para otros. Porque para tristeza de los milenaristas o survalistas, el mundo no deja de degradarse a un ritmo constante, superando los grandes terrores que marca la moda, desde la posible glaciación mundial de los años setenta del siglo pasado hasta el agujero en la capa de ozono de los noventa o los actuales alimentos transgénicos. Simplemente estamos esperando el próximo bombazo, the new big thing que dicen los americanos. Pero ninguna predicción se cumple, así que todos nos ponemos un poquito triste sin prestar atención a dramas como la deforestación global, las guerras tercemundistas o el auge de las enfermedades causadas por la contamiación, ya que son cosas como que menos espectaculares, a las que no se puede sobrevivir con un rifle de asalto o un sótano lleno de latas.

Más o menos es este sentimiento el que encontramos en el cómic El fin del mundo de Mortimer, con un protagonista obsesionado con dos mundos de fantasía, su pasado recreado y un apocalipsis que no termina de llegar, dos planos tan aparentemente aburridos y anodinos que no tiene más remedio que inventarse un presente lleno de los seres más extraños con tal de no cumplir la única tarea que se ha encomendado, escribir sus memorias. Lucas, el actor principal de El fin del mundo, es un hombre obsesionado con el fin del presente de la forma más dramática posible, imaginando un final de los días donde se mezclan todas las referencias posibles, desde el Apocalipsis de San Juan hasta las lluvias de meteoritos o las invasiones alienígenas. Como es lógico, ante este panorama Lucas no puede más que dejar registradas sus memorias, aunque tras el fin de los tiempos no quede nadie para leerlas, aunque su preocupación llega a tal punto que opta por redactarlas en una vieja máquina de escribir, no vaya a ser que un pulso electromagnético del apocalipsis le borre la memoria del ordenador.

Este podría ser el argumento más simple del cómic de Mortimer, pero como sucede en las buenas obras, es lo de menos, lo importante es como Lucas a pesar de ser un obseso con el fin del mundo mantiene todos los defectos de la sociedad actual, como las necesidades de notoriedad o la vagancia extrema. En este sentido tenemos como personaje contrapuesto a Lupe, la novia de Lucas, una mujer con los pies en el suelo que no parece estar demasiado preocupada con el fin del mundo, limitándose a darle la razón a su novio lo justo para que no moleste sin sentirse insultado. Pero para que no se quede en un juego de dos, por El fin del mundo circulan más personajes, de lo más variado y empeñados en ayudar a Lucas en la redacción de su autobiografía, entre los que encontramos a Dios, la Muerte, un alien o incluso el propio Satanás, que se muestra como realmente es. Como lectores podemos dudar sobre si lo que acontece a Lucas es una alucinación de su mente que se inventa a todos esos personajes, para tener una excusa para no redactar sus memorias; o si realmente todo sucede de forma literal como vemos en el cómic. En el fondo poco importa, porque Mortimer construye una historia del día a día ambientada en los últimos días, en la que ante el propio fin de la existencia una persona se preocupa más por el mismo y un pasado anodino que por ayudarse a si mismo o prestar una mano a los demás. Un mensaje triste y desolador, pero que al menos está presentado con un humor tan blanco y fino como apocalíptico.


@bartofg

jueves, 3 de octubre de 2013

El sótano del primo Barto: Más monstruo que héroe


No es raro encontrar escritores que prueban suerte como guionistas de cómic, siendo una aventura creativa más común de lo que pudiera parecer. Lo vimos hace poco con el escritor de género negro Jason Starr, que nos daba una visión aún más adulta y madura de Lobezno; o con el autor de terror Joe Hill, el cual ha terminado casi teniendo más renombre como guionista de cómics que como autor de novelas y relatos cortos. Aunque tampoco deberíamos extrañarnos demasiado, al final todo queda reducido a la pulsión de crear. Así que o los escritores se acercan al cómic para probar algo distinto y jugar con personajes de la cultura popular, o la propia editorial se acerca a los autores, quizás para absorber parte del renombre de un autor de literatura. No vamos a entrar el debate estéril del reconocimiento y la legitimidad transmutada de la literatura al cómic porque es una chorrada, simplemente nos vamos a alegrar de que los autores tengan diversos medios para crear.

Esto sucede un poco con China Miéville, el enésimo chico malo de la literatura de terror anglosajona, que parece obsesionada con derrocar a Stephen King, sino los autores si los editores por su empeño en colocar en las contraportadas la etiqueta “El heredero de Stephen King toma el relevo”. Algo del todo contraproducente, pues autores como Ramsay Campbell o Clive Baker se defienden perfectamente sin comparaciones, sin necesidad de contraponer su obra a nada. Este es precisamente el caso de China Miéville, activista político, autor de manuales de rol y obsesionado con jugar con los géneros literarios desde el punto de vista más extraño, o weird, posible. Así que no era de extrañar que tarde o temprano tuviera que tocar el cómic, afortunadamente desde el mejor acercamiento posible, pervirtiendo una obra clásica. En este caso, China Miéville ha refundado el universo del héroe azaroso de DC con Dial H, más un objeto que un personaje clásico de la editorial. El dial es básicamente una rueda de teléfono analógico que al marcar la palabra HERO permite a su usuario convertirse en superhéroe, aunque eso sí, no podrá elegir que poderes tendrá, contentándose con lanzar fuego por los ojos o controlando las plantas.

Pero claro, esos ejemplos de superhéroes son demasiado simples para China Miéville, que en su Dial H prefiere optar por opciones más bizarras como Capitán Lacrimoso, Ninja Podrido o Ejército Pelícano. A China Miéville se le ve cómodo a los guiones de Dial H, acompañado al lápiz por artistas como Mateus Sontolouco, Riccardo Burchielli o el gran David Lapham. Sin embargo, puede que la imaginación de China Miéville vaya mucho más rápida que la estructura de la obra, creando conceptos de locura pero anclados en unas tramas más simples y previsibles. El protagonista de Dial H es Nelson Jent un obeso adicto al tabaco que no ha llegado a la treintena pero ya a sufrido un infarto, quién descubre que es capaz de convertirse en superhéroes variados, con lo que intenta primero ayudar a un amigo para verse después atrapado en una batalla para salvar a su ciudad de una fuerza primigenia del cosmos.

Dial H es un buen cómic, una obra actual que rezuma en cada viñeta el gusto más clásico de los cómics de Vertigo de los noventa, algo que es muy de agradecer para los fans del malogrado sello. Aunque quizás para los no asiduos del Vertigo más clásico se encuentren algo molestos con los vicios típicos de la casa, como conceptos demasiado fuertes que dificultan el seguimiento de la trama, que por momentos, sin dejar de ser absorbente y entretenida, se vuelve innecesariamente compleja.


@bartofg

jueves, 26 de septiembre de 2013

El sótano del primo Barto: El vértigo de meramente existir


Un conocido cómico nacional, con colaboraciones en radio y televisión, sus actuaciones en monólogos y créditos como guionista me explicó una vez lo que para él era un chiste. Nunca me ha parecido que ninguno de sus trabajos fueran demasiado graciosos, me da la sensación de que le echa ganas, no demasiadas, y creo que carece de talento. Pero lo importante es que me explico de forma matemática, como explicamos las matemáticas los que somos de letras, la construcción de un chiste, el típico resumen de tres pasos: el planteamiento, nudo y desenlace de toda la vida pero con otro nombre. El tío tenía una estrategia de trabajo perfecta en la cabeza, pero aún así sigue sin parecerme gracioso. Supongo que en parte se debe a que sus chistes, o planteamientos si hablamos de monólogos, son demasiado rígidos, tan estructurados que llegan a ser aburridos. Uno sabe cuando le está planteando algo aparentemente normal, para después girar hacia una parcela más extraña que sirve como campamento base, y finalmente soltar la frase que lo conecta todo, que relaciona lo normal con lo extraño y lo vuelve, de nuevo aparentemente, gracioso. No queda espacio para la incertidumbre. Desgraciadamente por fortuna la vida no es así, siempre llegamos tarde a cualquier sitio y nos vamos demasiado pronto, quedándonos con un humor basado en la mera situación desnuda, sin construcción, sin que nadie lo planee, porque simplemente sucede así.

Esto es lo que sucede básicamente en el cómic Ojalá te vaya bonito del noruego Bendik Kaltenborn, una antología de una de las voces más personales de los que hacen cómics pero viven al norte de Europa. Las historias de Bendik Kaltenborn, varían desde una simple viñeta a una tira, una página o varias de ellas, una extensión que presenta la misma heterogenia en los estilos artísticos, encontrándonos desde el simple garabato hasta el collage o un dibujo muy refinado, heredero de la mejor línea clara europea. Aunque claro, la propia variedad puede responder a la infinidad de la vida, pues aunque las historias de Bendik Kaltenborn tengan un regusto a realismo mágico están demasiado pegadas a la realidad cotidiana del occidente más gris como para poder catalogarlas de mágicas. Todo es tan malditamente realista que a veces cuesta clasificar su creación, ya que nos reímos a pesar de que no estamos claramente ante una obra de humor, del mismo modo que notamos cierta tensión interior, incluso angustia, sin que en ningún momento lo que está ante nuestros ojos pueda catalogarse como terror. Pero hay algo, algo que quizás no terminamos de entender pero que nos impacta. Es como ver un tumulto en la calle, acercarte y ver una pelea entre un mendigo y un hombre con traje, te quedas mirando un rato y te vas cuando la policía se lleva a los dos hombres. No sabes porque ha empezado la pelea ni como va a terminar, pero en cierto sentido te ha afectado.

Ojalá te vaya bonito es eso y mucho más, pues Bendik Kaltenborn no coloca sus reflexiones de forma abstracta, las ata a escenas cotidianas en el sentido más anodino, con hombres de negocio que fuman puros y familiares que te invitan a una taza de té, aunque siempre se puede dejar espacio para una serpiente que habla o unos gnomos que viven en unas flores. Cuando te terminas de leer Ojalá te vaya bonito no podrás hacer un resumen muy claro de lo que has visto, aunque sin embargo habrás reflexionado mucho sobre la vida. Quizás ese sea el mayor talento de Bendik Kaltenborn, coger la anarquía de la propia vida para darle la vuelta y de forma inesperada destilar algo de sensatez en mitad de un espanto que da risa y unas bromas que no tienen la más mínima gracia, porque al final la vida no entiende de esquemas o estructuras, y el objetivo del arte no deja de ser la propia vida.


@bartofg

jueves, 12 de septiembre de 2013

El sótano del primo Barto: Ni lo quiero ni lo rechazo


Si existiera alguna etiqueta para definir un realismo mágico triste y desangelado, sin duda podríamos ponérsela sin problemas a la obra de Daniel Clowes, alguien que por sus obras parece estar siempre a punto de tirar la toalla, pero que sin embargo no lo hace porque hay una inercia invisible y estúpida que le obliga a seguir viviendo una vida que no quiere. Aunque seguramente Daniel Clowes sea un hombre feliz en su casa con su familia, posiblemente hasta tenga alguna mascota. Pero por un momento, mientras leemos alguno de sus cómics, nos dejamos arrastrar a un mundo tan apático y decadente como hermoso, aunque con la belleza de algo que está a punto de desaparecer, que se agarra con todas sus fuerzas a la mera existencia aunque sus fuerzas sean mínimas. En cierto sentido, la producción artística de Daniel Clowes se asemeja a la obra cumbre del realismo mágico, Pedro Páramo de Juan Rulfo, cuando el momento transcendental del cambio no es necesariamente doloroso o traumático pero si lo suficientemente incómodo como para clavarse como una espina en el corazón de sus protagonistas. Al final, del mismo modo que a los personajes de Juan Rulfo les cuesta morirse, aunque sea sin dolor, los hijos en la ficción de Daniel Clowes son incapaces de enfrentarse a la madurez, el éxito, la perdida o el amor, sin dejar parte de su alma en el proceso.

Esto mismo nos encontramos en El rayo mortal, donde el héroe cotidiano y anónimo de Daniel Clowes se ve convertido en un superhéroe con todas las de la ley, incluyendo una fuerza sobre humana y un arma capaz de desintegrar cualquier ser vivo sin dejar ni tan siquiera un montoncito de ceniza. Pero claro, el protagonista de Daniel Clowes, Andy, no es un Peter Parker cualquiera. Al igual que el alter ego del héroe aráncido se había visto obligado a crecer sólo con una figura familiar, su tía May, tras la muerte de sus padres y el asesinato de su tío; Andy vive sólo con su abuelo, aunque su familia se ve diezmada por un enemigo tan mundano e invencible como el cáncer. De este modo, Andy es lo que debe ser, un chico solitario cuyo enfrentamiento y derrota continua frente a la muerte le ha vuelto algo asocial, quizás demasiado cerebral. Por lo que cuando el chico recibe sus poderes no tiene un gran interés en luchar contra el mal, ya que como cualquier persona se ha visto más veces perjudicado que beneficiado por el mundo. Andy no siente que le deba nada a la humanidad, con lo que se limita a utilizar sus poderes para solucionar ciertos problemas de las personas que tiene a su alrededor, sin que quede muy clara la línea entre la justicia y la venganza. Al final es cierto que Andy es capaz de levantar un coche y que se pasea por la ciudad con una máscara y un rayo desintegrador, pero lo cierto es que tiene poco que ver con lo que cualquiera consideraría un superhéroe.

El realismo aplicado a las obras de ficción termina destrozándolas totalmente, pues la mayoría de las veces las obras están confeccionadas para funcionar como metáforas o parábolas, para que la reflexión surja de lo que sugieren y no de lo que son. Si aplicáramos la lógica más fría y racional al cómic de superhéroe sólo podríamos llegar a la conclusión de que es estúpido. Esto no quiere decir en ningún momento que los cómics de superhéroes sean estúpidos, sino que su plasmación en un mundo real lo sería. En cierto sentido es lo que aprendimos con Watchmen, donde Alan Moore nos deja claro que sólo los desequilibrados optarían por la máscara y que la existencia de un solo metahumano haría inservible a toda la humanidad. Esta línea fue seguida al menos espiritualmente por los X-Statix de Peter Milligan, quizás el cómic más resalista de Marvel, donde los héroes no son sombras oscuras y torturadas, sino auténticas estrellas del rock dispuestas a derrocar dictadores sólo si consiguen minutos en prime-time. Evidentemente el Andy de Daniel Clowes no es lo suficientemente poderoso para gobernar el mundo, pero si lo bastante como para ser un juez del resto de sus congéneres, cosa que afortunadamente, como haría la inmensa mayoría, decide no hacer para limitarse a utilizar sus poderes para su beneficio propio. El rayo mortal es una historia más de Daniel Clowes, con superpoderes pero con el trabajo que ha hecho grande al autor, con un superhéroe que no es ni salvador ni villano, simplemente un tío con un pasado, un presente y un futuro.


@bartofg

jueves, 5 de septiembre de 2013

El sótano del primo Barto: La evolución del artista


La historia corta es sin duda una de las formas más eficaces de contar una idea, ya que la historia se ve limitada en su duración, lo que obliga a sus autores a ser lo más conciso posible, dejando de lado cualquier divergencia lateral para centrarse en lo que realmente importa, en el núcleo de la historia. Como es lógico, esto no quiere decir que escribir historias cortas sea sencillo, pues hacer una historia corta no se limita a hacerla simple, pues lo que debe hacer el creador no es podar una historia mayor, sino concentrarla mediante un proceso de selección hasta obtener lo que realmente quería comunicar. Quizás por esto nos encontramos con muchas historias cortas, desde relatos a cortometrajes o cómics de ocho páginas que no llevan a ninguna parte, muchas veces sin que sepamos de donde vienen. La concreción es ardua, ya que siempre será más sencillo colocarse frente a una multitud y hablar durante dos horas, que en cinco minutos convencerles de algo concreto.

Por suerte, hay veces, muchas, que las historias cortas llegan a nosotros como deben, bien resueltas, apuntando a su objetivo y no errando el tiro. En el cómic no es extraño encontrarnos una gran cantidad de historias cortas, ya que es un medio que se presta mucho a la antología. Todo esto sin querer contar los comic book americanos como una historia corta, aunque en caso de que eso se hiciera no dejaría demasiado bien parado a muchos guionistas cuya obra no termina de funcionar del todo hasta que se edita en un tomo. Aunque éste no es el caso de obras como Materia Oscura, un tomo recopilatorio que selecciona varias historias cortas del dibujante británico David Lloyd, en concreto once, de las cuales en cinco se encarga de guión y dibujo, mientras que en las otras seis se ve ayudado por guionistas de la talla de Peter Milligan o Ramsey Campbell, ya sea para desarrollar todo el guión o como autor de otra obra en la que se basa David Lloyd. Matería oscura intenta realizar un espectro de toda la carrera del dibujante, pero como es lógico, se detiene especialmente en la década de los ochenta, cuando alcanzó el punto álgido, coincidiendo con la realización entre 1982 y 1988 del cómic V de Vendetta, guionizado por Alan Moore. De modo que nos encontramos con dos historias realizadas a finales de los setenta, representación de los comienzos de David Lloyd; seís de la segunda mitad de los años ochenta, una de principios de los noventa, y dos de la primera década del actual siglo.

A pesar de que las historias contenidas en Materia Oscura abarcan casi tres décadas, lo cierto es que el trabajo de David Lloyd se mantiene bastante estable, con una calidad media envidiable, tanto en su dibujo más clásico como en algunos experimentos que se permite con el dibujo, en los cuales no llega en ningún momento a plantear ninguna solución radical pero si juega lo suficiente para demostrar que es un dibujante con recursos. La cuestión del guión es más diversa, pues los diversos colaboradores de David Lloyd redactan historias de lo más diversas, aunque siempre manteniendo un buen resultado. Por su parte, cuando David Lloyd se encarga de los guiones se centra en un terror gótico muy clásico, heredero de la Hammer y los cómics de EC y Warren, con lo que nos encontramos con vampiros y demonios, en tonos que van desde el horror más imponente hasta el humor más blanco.

En resumen, Materia Oscura es una lectura más que recomendable, una muestra del trabajo de uno de los mejores dibujantes de su época, el cual se ve acompañado de unos muy buenos guionistas que nos regalan historias de terror y ciencia-ficción con ese estilo que aún siendo clásico nunca pasa de moda, llegando incluso a revalorizarse con los años.


@bartofg

jueves, 29 de agosto de 2013

El sótano del primo Barto: No es un lobo, es peor


A nadie pillará por sorpresa que yo ahora le diga que Lobezno originalmente no tiene nada que ver con los lobos, pues su nombre original, Wolverine, hace alusión a otro animal, al glotón, una especie de tejón supervitaminado con garras retráctiles, solitario y con bastante mala leche. Pero claro, no puedes poner en una portada un tío decapitando a alguien y que en letras bien grandes leamos glotón. Aunque en cierta manera lobezno siempre ha fluctuado entre el glotón y el lobo, entre una naturaleza violenta y explosiva y el animal gregario que aparentemente es una pieza más de los mutantes de Marvel, un grupo heróico totalmente anacrónico, pues es extraño que una sociedad que ame a sus superhéroes, desde los vengadores hasta los vigilantes, repudie a los hombres X.

Esta situación siempre ha puesto a Lobezno en una situación delicada, pues debe compaginar su labor de psicópata convertido en héroe por accidente con las responsabilidades de liderar y educar a los de su clase. Con lo que al final, a mi humilde parecer, Lobezno queda en tierra de nadie, sin llegar a la honorabilidad de héroes como Cíclope o el Capitán América, pero sin tocar el fondo malsano y sin excusas de Punisher, quedando todo a disposición de las labores del guionista. Pues aunque muchos no lo quieran ver, no es bastante con que Lobezno diga “Soy el mejor en lo que hago y lo que hago no es agradable”. No, Lobezno merece mucho más, merece dejar de lado no sólo el traje púrpura y amarillo, sino también el mono de cuero e incluso el sombrero de cowboy, pues al final no deja de ser un hombre roto incapaz de lidiar con su propia existencia.

Así que encontramos ejemplos como Lobezno Inmortal, donde sin que sepamos muy bien el motivo, nuestro héroe intenta compaginar todas las facetas de su vida, para no llegar más allá de ser un hombre incapaz de superar una pérdida, sin llegar en ningún momento a transmitir esa sensación de ser una persona que destruye todo lo que ama o que es incapaz de lidiar con su propia inmortalidad. Pero por suerte nos encontramos con cómics como MAX: Lobezno, cuyo tomo Ira permanente recoge los primeros seis números de esta colección de Marvel, escrita por el novelista Jason Starr y dibujada por los artistas Roland Boschi y Félix Ruíz. Como sucede con otros cómics del subsello MAX, nos encontramos con las visiones más adultas, en el sentido de maduro, de los héroes Marvel, donde hay que señalar grandes colecciones como Alias de Bendis o Punisher de Ennis, prueba de que Marvel puede dar mucho a sus lectores más allá de un universo superheróico que necesita una buena suspensión de la credibilidad.

El Lobezno de Starr, como podemos ver en Ira permanente, si es un hombre violento y roto, una fuerza de la naturaleza tan inmortal como ciega que se ve incapaz de lidiar con la humanidad. Es cierto que Starr se vale de lugares comunes tanto en la historia del personaje, como la perdida de la memoria, como de la narrativa en general, la redención a través del amor; pero pasado a través de los prismas que le han dado fama en la literatura, desde el noir hasta el thriller, dejando de lado los supervillanos y entrando en el mundo del crimen organizado. Con esto, Ira permanente se acerca más a la fábula que al superhéroe, pues el laberinto de humo y espejos que atraviesa Lobezno no es más que la búsqueda constante del lugar de cada uno, de intentar encajar piezas de un puzzle sin la imagen de referencia. Aunque claro, como no podía ser de otra forma, regado con la máxima violencia posible y acompañado de mujeres fatales y gorilas de gatillo fácil. El Lobezno de Starr es un Philip Marlowe más, alguien más ducho en el arte de recibir golpes que de darlos, aunque siempre con la capacidad de caer de pie, y en este caso con un esqueleto de adamantium y garras retráctiles.


@bartofg

jueves, 8 de agosto de 2013

El sótano del primo Barto: Una noche, sólo una noche


Se podría decir que en los últimos años muchos autores se han empeñado en hacer una revisión histórica del terror gótico más clásico. Evidentemente esto no es para nada nuevo, nada que no hicieran ya autores como Richard Matheson o Stephen King hace ya algunas décadas. Pero como es lógico, hasta que algo no se hace masivo no vive ningún revival a ojos de la sociedad. Del mismo modo que Canción de hielo y fuego ha revitalizado la savia de los amantes de la fantasía épica, American Horror Story ha vuelto a traer al primer plano las casas encantadas. De poco importa que se queden en el olvido clásicos como Conan o Horror en Amityville. Aunque esto es más culpa de los autodenominados expertos en cultura popular que de los creadores y el público, ya que a fin de cuentas, lo único que importa es que una obra esté bien realizada y pueda ser disfrutada.

Esto es lo que sucede precisamente con la miniserie realizada por Steve Niles y Glenn Fabry, titulada Lot 13, y editada en nuestro país con el subtitulo de Terreno maldito. Steve Niles es uno de los guionistas de terror más prolíficos en la actualidad, ya que desde publicó 30 días de oscuridad en el año 2002 no ha parado de guionizar cómics de terror, un género en el que ya había realizado unas cuantas obras durante la década anterior. Por su parte, Glenn Fabry es un autor tan conocido como personal dentro del mainstream anglosajón, dueño de un estilo particular que compagina de forma perfecta el rigor anatómico con las deformidades más inimaginables, algo que lo hace perfecto para las obras de horror. La única pega, desde mi punto de vista, de los autores de Lot 13 es el color de Adam Brown, pues se ha optado por no entintar el lápiz y aplicar el color directamente, algo que muchas veces da apariencia de trabajo a medio terminar, aunque como es lógico esto no es más que una apreciación personal.

¿Pero que es Lot 13? Pues una historia tan sencilla como eficaz, tanto es así que se podría considerar perfectamente una temporada más dentro de la serie American Horror Story, pues su principio es el mismo, común en tantas obras de terror gótico, la tierra que es incapaz de olvidar y atesora todo el mal que ha sucedido en ella. Resumiendo mucho nos encontramos con una familia que debe pasar una noche fuera de casa y termina alquilando unas habitaciones en un edificio de apartamentos, siendo como es lógico la peor decisión de sus vidas. Sin embargo, tras esta sencillez, que no simpleza, Steve Niles sabe colocar muy bien las piezas, para después hacerlas funcionar. Con este fin, el guionista se vale de la herramienta más poderosa del terror, la empatía, haciéndonos partícipes de los sentimientos y sensaciones de las víctimas; que como sucede en el género actualmente se encuentran tanto a un lado como al otro de la muerte. En este sentido asistimos al encierro de la familia y a la peripecia posterior en la que se intenta tanto sobrevivir como desentrañar los sucesos que originaron toda la maldad, todo, como es lógico, con su final por todo lo alto.

Steve Niles crea un armazón perfecto, siempre dentro de la estructura más pura del género pero sabiendo rellenar los huecos que quedan para el autor. Pero si en algún lugar de Lot 13 habita el verdadero horror es en los dibujos de Glenn Fabry. El dibujante británico no hace ninguna concesión, todo está dibujado buscando la perfección en las proporciones, aunque hablemos de cabezas destrozadas o monstruos de sangre y gusanos. Lot 13 es una lectura para una madrugada solitaria, a poder ser sin música, en la que el cómic se debe leer de un tirón, para adentrarnos en los miedos de una familia que sólo buscan un nuevo comienzo y las sombras de una tierra mancillada con la maldad humana y quizás otra cosa.


@bartofg

jueves, 1 de agosto de 2013

El sótano del primo Barto: Chistes privados contra todo lo sagrado


El proceso creativo debe pasar obligatoriamente por dos pasos: la idea y el refinamiento. El primero es el más obvio, el que mucha gente confunde directamente con todo el proceso creativo, algo tan sencillo, y a la vez tan complejo, como tener una idea original. No sólo algo que no se le haya ocurrido nunca ha nadie, sino que además tenga un valor añadido, desde una doble lectura hasta un poso didáctico o visceral, algo que convierta un mero concepto en un discurso encerrado en dos pinceladas. Aquí es donde residen los genios. Después llega el otro proceso, el que es más propio de la artesanía, coger esa idea y moldearla dándole forma hasta que su presentación sea perfecta. Puede que en este segundo proceso la idea primaria se vea ligeramente alterada, pero hay está la clase y el talento del artesano, en saber trabajar la matería prima de la mejor forma posible pero sin que pierda toda la fuerza bruta que tenía en su origen. Un diamante en bruto no es más que un cristal opaco, pero no es mucho mejo un montón de polvo de diamante.

José Tomás, un autor con una trayectoria envidiable en el cómic nacional es capaz de aunar las dos facetas, como demostró en Sois todos tontos, esa historia que formaba pareja junto a Todos los poemas hablan de ti de Juarma, una de las mejores obras publicadas en Espada durante el 2012, un fanzine autoeditado cargado de buenas ideas muy bien trabajadas. Para su historia, José Tomás utilizaba una estructura clásica, casi un chiste largo, para explicar su opinión sobre el panorama del cómic nacional, todo regado con el humor típio del autor. Sin embargo, José Tomás deja todo el trabajo de artesanía, de construcción de un relato, en su última obra, Mi casa, teléfono rojo volamos hacia Moscú, para centrarse totalmente en la idea desnuda, en el concepto aislado que lanza un guante al lector esperando una respuesta del mismo.

Mi casa, teléfono rojo volamos hacia Moscú es una obra que muchos definirían como una simple broma basada en la cultura popular, y no les faltaría para nada razón, pues simplemente asistimos a una sucesión de ilustraciones donde José Tomás juega con dos iconos de la imaginería de masas, buscando un punto en común a partir del cual crear un hijo bastardo. Normalmente, la base suelen ser juegos de palabras, aprovechando sonidos que se enganchan o desvirtúan para significar algo no totalmente diferente, sino lo suficientemente distinto para dar pie al equívoco. Después hay cabida para todo, desde clásicos del cine como Alien hasta figuras populares como la política Margareth Thatcher o el criminal y actor español Ángel Fernández Franco, alias el Torete.

Al final, la propuesta de José Tomás no deja de ser un juego en el que el lector debe demostrar sus conocimientos reconociendo las referencias cruzadas de cada ilustración, algo que no es demasiado complejo y que permite al lector centrarse en la genialidad del autor. Mi casa, teléfono rojo volamos hacia Moscú es una simple broma, aunque efectuada con la máxima genialidad, un humor inteligente y un acabado gráfico digno de elogio, un pequeño tesoro que cualquier amante no del cómic, sino de la cultura pop, debería tener a buen recaudo.


@bartofg

jueves, 25 de julio de 2013

El sótano del primo Barto: Cuando la cronología se puede ir educadamente a la mierda


Lo cierto es que las grandes editoriales del mainstream superheróico hace mucho que perdieron casi la razón de ser, quedándose como meros apoyos de las grandes superproducciones cinematográficas. Esto ha provocado que la originalidad o el riesgo lleguen a niveles mínimos. Por si fuera poco, el público exclusivo de este tipo de productos es más cercano a un integrista religioso que a un consumidor cultural, pues parece que ante todo quiere que nada cambie y que la cronología se vuelva cada vez más compleja simplemente para poder demostrar sus conocimientos enciclopédicos. Pero afortunadamente para el cómic, aún existen decisiones editoriales que se salen de la norma y nos permiten ver un poco de luz. Esto es lo que ha sucedido con Ojo de Halcón de Matt Fraction y David Aja, el mejor cómic de superhéroes publicado en mucho tiempo, y eso que su protagonista no tiene superpoderes y los villanos fluctuan entre criminales empresariales y matones de Europa del este.

Si tuviera que buscar un precedente parecido a Ojo de Halcón tendría que retroceder hasta la que para mí sigue siendo la mejor colección de superhéroes jamás publicada el X-Force, posterioremente renombrado como X-Statix, de Peter Milligan y Mike Allred, pues ambas colecciones guardan entre sí más similitudes que un guión inteligente con un humor fino y un trabajo gráfico tan evocador como transgresor. Ya que al final, ambas colecciones se basan en un principio tan sencillo como el realismo más puro, pues sí los mutantes realmente existieran no se esconderían, lucharían por tener más visitas en Youtube que One Direction, del mismo modo que un tío normal, por mucho don para el tiro con arco que tenga, se rompería un par de costillas si le dan con un bate de beisbol con el pecho. Pues el Clint Barton propuesto por Matt Fraction no deja de ser un John McClane o un Indiana Jones más, que termina imponiéndose más por la perseverancia que por una habilidad superhumana. Fraction crea un personaje redondo y lleno de incógnitas, alguien que no para de preguntarse por qué cojones es miembro de los vengadores mientras no puede evitar meterse en problemas para salvar a cualquier inocente, ya sean estos sus vecinos expropiados o un perro atropellado. Por muy mal que pinte la situación.

Aunque Ojo de Halcón es mucho más que un guión de calidad, pues al mismo nivel, y alguna que otra vez incluso por encima, tenemos el trabajo artístico de David Aja, algo que debería invitar a los chavales a sentarse a dibujar y a algún que otro dibujante hacerle replantearse lo que hace. David Aja no se queda sólo con un dibujo de línea clara que fluctua entre el stencil y el diseño industrial, sino que va más allá en el uso de la narrativa, en un nivel experimental que toma referencias de diversos medios, como el cinematográfico o el videojuego. Las viñetas fluyen de la forma más correcta, consiguiendo que las largas conversaciones no sean aburridas y que las escenas de acción no se vuelvan confusas, manteniendo una elegancia estética. No es de extrañar que David Aja haya triunfado en los Eisner 2013 con dos premios, uno a mejor portadista y otro a mejor dibujante, compartido este último con Chris Samnee. Por último, tampoco hay que desmerecer el trabajo de Javier Pulido, quien dibuja unos cuantos números de Ojo de Halcón, quizás de una forma menos preocupada por el diseño que David Aja pero con un nivel de acabado igual de remarcable.

Ahora queda saber que pasará, aunque ya lo sabemos. Los fans dirán que eso no es Marvel, que quieren más Bendis, que eso no está bien, que esto no prepara el camino a la segunda película de los Vengadores ni nada. Pero no importa, al menos podremos disfrutar la obra de Matt Fraction y David Aja mientras dure, una especie de Nuevo Testamento de los superhéroes que elimina la adoración a la cronología e impone el amor a la transgresión, la vida y el compromiso de la obra con el mundo que le ha tocado vivir. Así que no lo dudes ni por un solo instante y léete el maldito cómic, porque esto sí que es un cómic de superhéroes del siglo XXI.


@bartofg

jueves, 18 de julio de 2013

El sótano del primo Barto: El cuerpo humano deconstruido


Si hay un autor que ha sabido disgregar totalmente los conceptos de adulto y aburrido, sin duda no ha sido otro que el guionista norindarlés Garth Ennis, un auténtico visionario que ha trabajado a lo largo de su trayectoria en un concepto tan simple como importante: las personas adultas disfrutan la acción y las explosiones del mismo modo que los niños. Es más, se podría decir que los adultos viven un refinamiento estético que les permite disfrutar de una violencia gráfica, en la mayoría de las veces absurdas o irónica, que casi podría ser un tipo de fantasía en si mismo. Las explosiones y los disparos a quemarropa en los cómics de Garth Ennis son tan mágicos como los tiroteos en las películas de John Woo, donde los límites de la anatomía o la física se diluyen por el simple placer de una hacer un acto de violencia lo más estético y visual posible. Básciamente es como si cogiéramos el realismo mágico y lo utilizáramos para enfrentar mafiosos, narcotraficates, agentes de las fuerzas especiales y similares entre sí, en lugar de usarlo para contar los problemas de identidad de un hombre.

Evidentemente, con esto dejamos fuera grandes obras de Garth Ennis donde demuestra que sabe tanto narrar como impactar. Sólo hay que señalar una serie como Predicador para ver de lo que es capaz el guionista británico, una colección tan magistralmente escrita que durante un tiempo fue la línea insignia del famoso sello Vertigo. Tampoco podemos dejar de lado la importancia de Garth Ennis como ensayista, pues en sus obras no faltan reflexiones profundas sobre temas tan dispares e importantes como los conflictos gangrenados o la religión, sólo hay que ver como ha sabido utilizar sus raices para hablar del conflicto de Irlandad del Norte o del catolicismo. Aunque lo cierto es que el autor se ha vuelto más plástico en sus últimas obras, principalmente en las de fantasía oscura como Crossed escrita para Avatar, o en los guiones que ha desarrollado para Punisher dentro de Marvel, un personaje que ha vivido una auténtica edad dorada gracias a las ideas de Garth Ennis.

Puede que Garth Ennis no vuelva a escribir una gran saga tan bien orquestrada como Predicador, cómic que en sí mismo se merece una parada en exclusiva, y se centre en obras aún más evasivas como The Boys. Pero lo cierto es que Garth Ennis si ha sabido dar luz a un nuevo cómic de explotation, quizás al margen de las grandes editoriales de superhéroes, donde la violencia extrema y la sexualidad siempre ha pasado de puntillas. Da igual que tratemos con soldados, superhéroes o un hombre anónimo de la calle, con Garth Ennis sólo podemos esperar que una o varias personas terminen heridos de gravedad de la forma más aparatosa posible, siendo las mandíbulas arrancadas de la cara un clásico contemporáneo de sus cómics.

En cierto sentido, los cómics de Garth Ennis representan todo lo que las madres temen que sus hijos lean en una historieta, quizás con más que razón. Pero aquí encontramos el probleam de aunar cómic con infancia o adolescencia, pues al final, Garth Ennis tiene el derecho a escribir lo que quiera, siempre que ecuentre una editorial que lo quiera publicar, algo que no le cuesta demasiado. Puede que Garth Ennis no sea el cúlmen de la historieta, incluso es posible que sus obras, más allá de Predicador, no consigan sobrevivir en el tiempo, pero lo cierto es que su obra y concepción del cómic es muy necesaria, pues hace falta que a veces los adultos dejen de excusarse en el arte o la filosofía y disfruten un poco. Los problemas serían o que no se publicaran cómics como los de Garth Ennis o que todos fueran como los suyos, pero afortunadamente no padecemos ninguno de los dos problemas.


@bartofg