jueves, 5 de enero de 2012

El sótano del primo Barto: La metamorfosis de la carne

Hoy os pido un pequeño favor, en lugar de hablaros de una obra o autor en concreto dejadme plantar una semilla con conocimiento que posiblemente ya tengáis. Tenía en la recámara la posibilidad de hablar sobre dos cómics que se podrían contar entre mis favoritos, dos obras que aparentemente tienen poco que ver pero que sin embargo, comparten gran parte de su reflexión última sobre el ser humano y el propio horror de ser.

La producción de terror es una actividad bastante heterogénea donde podemos encontrar infinidad de vertientes bien diferenciadas, por ejemplo, poco tiene que ver una historia intimista de fantasmas con un apocalipisis zombie de escala platenaria, aunque sin embargo, nadie duda de que los dos planteamientos pertenecen claramente al género de terror. Dentro de este océano de horror, una de las parcelas que más ha despertado mi interés siempre ha sido la llamada Nueva Carne, que más que un género casi podría ser denominado como una ola o un movimiento estético que va más allá del mundo del cómic o un medio concreto.

Para hacernos idea de que es la nueva carne, solo tendríamos que pensar en la producción fílmica del Cronemberg de los primeros tiempos, si no somos capaces de explicar en que consiste este movimiento, basta con señalar la película Videodrome, quedando todo perfectamente definido. Si aún así tenemos dudas, podemos acudir al a película Tetsuo de Shinya Tsukamoto, si después de esto no podemos explicar que es la Nueva Carne no podremos nunca. La Nueva Carne es casi un nuevo escenario en el que el propio cuerpo humano se convierte en el campo de batalla del terror, ya que el horror no surge del otro, no nos ataca ni un vampiro ni un zombie, el peligro aparece en nuestro propio interior. Este concepto, nacido en la época contemporánea como reflejo de realidades médicas como el sida o el cáncer, podría considerarse la versión ultimate del terror, ya que no deja lugar a la esperanza de victoria o escape, más allá de la muerte como huida total o el hallazgo de una improbable cura que nos vuelva a convertir en lo que fuimos, anónimas y cálidas células de la sociedad.

La Nueva Carne tubo una edad dorada a mediados de la segunda mitad del siglo XX, con una notable producción en diversos campos más allá del cine, donde consiguió más fama, así se puede señalar la obra artística del suizo H. R. Giger o los trabajos literarios del británico Clive Baker. Respecto a lo que nos interesa en este pequeño sótano, la Nueva Carne también habitó, el mundo del cómic, poblando con gran interés el mundo del manga, ya que sus autores parecen más interesados en el concepto de ser humano como cuerpo físico y dicho cuerpo como unidad social. Dentro de la propia producción de Nueva Carne podemos encontrar indudables reflexiones, desde el horror invisible de las bacterias y los virus hasta la deformidad más absoluta de nuestro organismo, ya sea por su propio funcionamiento incierto o por su incapacidad de adaptación, quedándose atrás ante la perfección técnica de la máquina.

Sin embargo, como toda ola cultural o estética, la Nueva Carne abandonó rápidamente la orilla para volver a desaparecer en el océano cultural, esperando que algún autor recupere parte de su esencia o que incluso un grupo de notables la traiga de nuevo a la arena. Hoy en día la cultura ha vuelto su terror desde el cuerpo, el cáncer ya no es una sentencia de muerte y el sida no es la gran pandemia mundial; hacia la nueva sociedad, en la que el individuo es menos que sus relaciones. Aunque evidentemente nosotros no nos vamos a conformar con la posibilidad de la vuelta de la Nueva Carne, por lo que vamos a dedicar las próximas dos semanas a hablar de dos obras muy dispares pero que comparten la fascinación por el cuerpo humano y su transgresión como ruptura de la última frontera. Si queréis volver por el sótano del primo Barto durante las próximas entregas, os prometo que no os arrepentiréis, aunque tened cuidado con ese amasijo de carne, sangre y huesos que os devuelve la mirada en cada reflejo.

Agujero negro, de Charles Burns

El niño gusano, de Hideshi Hino


3 comentarios:

  1. Vas a tocar un tema que me interesa sobremanera. Aquí me tendrás atento a tus artículos.

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  2. Eso es lo que yo quiero, que también estaré muy atento a todas las aportaciones que quieras hacer sobre el tema en los comentarios, que no hay nada más bonito que discutir sobre un tema para aprender

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